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TUMBAS
DEL DESIERTO
Por Claudia Piñeiro.
Hitler: “Por
caso, ¿quién
se acuerda hoy de la masacre de los armenios?”
Palabras dedicadas por la autora a la memoria
de la Dra. Luisa Hairabedian, que fueran pronunciadas
por Malena Solda, protagonista de “una
Bestia en la Luna”, el pasado 13 de marzo,
en la conmemoración del Día Internacional
de la Mujer.
El mismo día que ellos la arrastraron
al Pozo de Bánfield , a Anush se le retiró la
menstruación. Y no le volvió hasta
un tiempo después de que la liberaron,
varios años más tarde. Nora, acostada
al piso a su derecha, a quien Anush no le conocía
la cara pero sí la voz gracias a que ellos
no les habían vendado la boca ni tapado
los oídos especuló que podía
ser un embarazo. “No”, dijo Anush, “no
estoy embarazada”. “es el shock nervioso”,
dijo una voz a su izquierda que todavía
no tenía nombre. “no”, volvió a
decir Anush. “A la Metzma le pasó lo
mismo”. Fue la primera vez que nombró a
su abuela armenia en cautiverio.
Aquella tarde habló de Araxí tirada en el piso, con los ojos
vendados, oliendo un orín que no sabía si era de ella o de sus
compañeros. La nombró como si al nombrarla la hubiera trasportado
a ese lugar, la Metzma estuvo ahí, junto a ellos, en el mismo pozo.
Anush repetía las historias que Araxí le había contado
alguna vez a ella, y que no sospechaba recordar con tanta exactitud. Las voces
de sus compañeros le pedían “contanos otra historia de
la Metzma”. Las palabras se le aparecían delante de ella en armenio,
pero Anush las decía en castellano, en esos pocos ratos que los pasos
de ellos de alejaban los suficiente como para arriesgarse a hablar, Anush les
contaba.
Araxí tuvo que dejar Zeitún, el pueblo armenio donde había
nacido, en 1915. recién había cumplido dieciocho años,
la misma edad que estaba a punto de cumplir Anush cuando la arrastraron al
Pozo de Bánfield. Pero Araxí entonces tenía cinco hijos,
y Anush nunca había entendido cómo a esa edad podía haberlos
tenido. Como tampoco entendía ahora por qué estaba ella acosara
en ese piso frío, vestida con trapos inmundos y hediondos, vendada hablando
de la Metzma. La Metzma que le daba gracias a Dios cada vez que abría
la heladera. “Shnoragalem, Asdvats, as sarnarane devir indzí”.
Agradecía en el único idioma que habló en su vida, a pesar
de haber vivido muchos más años en la Argentina que en Armenia.
Gracias Dios mío por darme esta heladera. O agradecía a Dios
por tener una cama cada vez que se acostaba, o por tener jabón y agua
para bañarse. No entendían sus nietas. Se miraban y se reían
cada vez que Araxí abría la heladera y le daba gracias a Dios,
porque no entendían. Aunque Araxí les hubiera hablado muchas
veces de ese tiempo impreciso que le llevó a cruzar el desierto, y de
que no existía ni jabón ni agua para limpiar el cuerpo sudado
bajo el sol, y de que no había otro lecho para dormir que la misma arena
sobre la que marchaban durante el día. Todo ese largo tiempo. Pero ellas
no entendían. Ni siquiera Anush había entendido entonces, y se
reía.
El día que los turcos la sacaron de Zeitún, ese mismo día
a Araxí se le retiró la menstruación y no le volvió hasta
que estuvo a salvo de ellos y del desierto. “Marmine vaj chuni turkeren”. “El
cuerpo no le tiene miedo a los turcos”, les decía a sus nietas
mientras les contaba sus historias en la casa de Valentín Alsina. Les
hacía apagar el televisor cuando se empecinaban en ver la telenovela
de la tarde, y las sentaba alrededor de ella a escuchar “historias de
verdad”. “Los turcos se llevaron a mucha de mi sangre, pero no
esa, no sangre que pudiera traer turcos a este mundo”. Y nadie preguntaba
más nada, porque la Metzma enseguida se ponía a cantar el Tamará,
y les enseñaba a bailar al compás de un laúd inexistente
el baile más extrañamente sensual y cálido que Anush haya
bailado en su vida. La Metzma daba vueltas agitando su pañuelo, enseñando
a sus nietas cómo hay que mirar cuando se baila, cono esos ojos negros
que tenía. Se balanceaba de un lado y al otro, avanzando con esas caderas
sutiles, y ellas la seguían dando palmas, sumisas, como si todo fuera
parte de un encantamiento. Y en el medio del baile la Metzma se soltaba el
rodete y dejaba que su cabello cansado cayera sobre los hombros y agitara apenas
con la danza. Ese cabella todavía oscuro que en aquel desierto se había
resistido a cortar a pesar de los piojos y la suciedad. El mismo que cuando
no pudo más lavó con el orín de los camellos con tal de
conservarlo. Porque ese pelo largo era ella misma. Como lo eran sus historias.
“Yo pensaba que el sultán se había enojado con nosotros,
como tantas veces antes, y que cuando se le pasara el enojo nos iba a dejar volver”.
Pero se equivocaba. Ni siquiera mandaba por ese entonces el sultán, sino
el Partido de los Jóvenes Turcos. En su casa de la montaña, ella
no sabía de esas cosas. Araxí, como otras mujeres y niños,
fue arrastrada a la fila de Der Zor. A los hombres los mataban en la plaza, si
es que llegaban vivos hasta allí. Les cortaban la cabeza y las exhibían
clavadas en largos palos. “Porque el sultán estaba muy enojado”,
repetía y sus nietas pensaban que se equivocaba otra vez. Para las mujeres
y niños había dos filas: la del Der Zor hacia el Mediterráneo,
y la de Anatolia, hacia el Líbano. A Araxí le había tocado
la del Mediterráneo, pero consiguió que un soldado turco la cambiara
a la de Anatolia, porque había escuchado que en el Líbano no dejaban
a los armenios tatuarse la cruz de su dios en el brazo izquierdo. Araxí quería
tatuarse esa cruz. La que los turcos odiaban. Y la misma cruz que había
condenado a muerte a manos de ellos, la salvó. Porque “turkere sud
josedzan”, los turcos mintieron, el camino del Der Zor era el de la muerte.
Casi nadie podía llegar al Mediterráneo vivo, el desierto se ocupaba
de secarles la vida que quedaba. En cambio por Anatolia sí se podía
llegar al Líbano, era un largo camino pero se podía, algunos podían.
Cuando a Araxí no le quedaban más fuerzas, cuando sentía
que el desierto le pedía que se fundiera en su arena y fueran una sola
cosa, pensaba en esa cruz que iba a tallarse en el brazo, y el cuerpo seguía.
“Hagamos un pacto, si salimos de acá vamos a hacernos un tatuaje
en el brazo izquierdo, en honor a tu Metzma”. Dijo la voz que entonces
Anush ya sabía que se llamaba Liliana y que llevaba un hijo dentro. “Hecho”,
dijo Nora, “yo me voy a tatuar el nombre Raúl, esté vivo
o muerto, lo juro”. “Yo una rosa roja, bien roja”, dijo Liliana. “¿Y
vos?”, le preguntaron a Anush. “La cruz del dios de la Metzma”,
dijo. “Creía que eras atea”, se sorprendió Nora. Y
Anush no le respondió.
En la fila de Anatolia se pararon Araxí, sus cinco hijos y Kevork, su
marido, a quien ella se había encargado de vestir de mujer mientras él
lloraba. “No le pregunten al abuelo, a él no le gusta eso”.
Araxí lo obligó a vestirse con sus ropas y le hizo tragar todas
las monedas de oro que pudo. Muchas menos de las que quedaron en su casa de
Zeitún para los turcos. Caminaron los siete un largo tiempo que Araxí no
podía precisar en meses ni en años, pero sí en tumbas. “El
día que tengas que cavar con tus manos la tumba de tus hijos, ese día
vas a saber lo que es el dolor”, decía la Metzma cuando Anush
se amargaba por alguna cosa. Ella cavó cuatro tumbas con esas manos
en el desierto de Anatolia. Sólo se salvó Agop, su hijo menor.
Pero Agop era muy chico para ayudarla a cavar. Y a Kevork las lágrimas
le habían quitado la fuerza. Cavó, porque no iba a dejar que
los cuerpos de sus hijos pudrirse al sol “como les hubiera gustado a
los turcos”. Si sus hijos eran cristianos, iban a recibir cristiana sepultura,
aunque sus manos sangraran, aunque la arena de Anatolia se le quedara incrustada
en el cuerpo para siempre. Mientras Kevork lloraba, y Agop temblaba, Araxí cavaba
tumbas en el desierto.
Muchas veces había visto Anush a su abuela mirarse las manos en silencio,
el único momento en que podía adivinarse en la Metzma cierta
tristeza; las acariciaba muy despacio, y luego se detenía en algún
pliegue, con una caricia insistente, como si se estuviera sacando la arena
de ellas. Y otra vez se quedaba mirando sus manso en silencio.
“Sólo entonces vas a saber lo que es de verdad el dolor”,
recordaba Anush cuando ellos la hacían bailar desnuda junto a otras compañeras,
al ritmo de la música que salía de una radio mal sintonizada. Porque
ellos no conocían los sonidos del talud, pero pedían el mismo.
Se emborrachaban, se reían y pedían. Y Anush pensaba en los hijos
que no tenía, y que por suerte no sentiría el dolor de arañar
la arena para cavar su tumba. No el dolor de que se lo arrancaran recién
nacido de su pecho, como ellos se lo habían arrancado a Liliana. Pensaba
en la sangre derramada sobre el piso que le había ayudado a limpiar la
tarde del parto, y en el cordón que le había atado a ese hijo y
que entre todas habían escondido sin preguntarse por qué. Y en
Liliana, a quien ellos después del nacimiento se habían llevado
a algún otro lugar. La pensaba con su rosa tatuada en el brazo izquierdo.
Mientras bailaba pensaba. Pensaba en aquellas tumbas cavadas en la arena y en
las que nadie cavaría. Y en que el cuerpo no les tiene miedo. Ni a los
turcos y a ellos. Ni su cuerpo ni el de su abuela, aunque las dos temblaran cuando
las hacían bailar. Anush bailaba. Como bailó desnuda Araxí para
los turcos. Mientras los turcos se emborrachaban y le gritaban que se moviera
más, le pedían y le pegaban, y la tocaban, y se reían. Araxí nunca
contó qué pasaba cuando terminaba el baile. Ni tampoco lo iba a
contar nunca Anush. Ni nadie le preguntaría, como nadie le había
preguntado a la Metzma. Porque entonces la Metzma batiría sus palmas y
cantaría el Tamará, y ella bailaría con sus primas en le
patio de su casa, su otra danza, aquella extrañamente sensual y cándida,
y ellos desaparecerían.
“Turkere egan”, gritó Araxí aquélla tarde de
1977 en que ellos, encapuchados y llenos de armas, voltearon a patadas la puerta
de su casa de Valentín Alsina buscando a Anush. Turkere egan. Vinieron
los turcos. Gritaba y corría de un lado a otro hasta que ellos la sentaron
de un golpe de fusil. Vinieron los turcos, dijo otra vez, mientras acariciaba
la cruz de su brazo izquierdo. Dieron vuelta al casa, ataron a todos, y les pegaron
para que dijeran dónde estaba Anush. “A todos menos a la vieja”,
dijo uno que parecía el jefe. Y la Metzma entendió, porque ella
no hablaba castellano, pero entendía. Y porque conocía esos gestos,
conocía esas caras aunque estuvieran encapuchadas, conocía su torpeza
y su destrozo. Turkere egan, siguió diciendo toda la tarde. Y a la noche.
Y a la mañana siguiente. Turkere egan.
Hasta que llegó Anush y se la llevaron. La arrastraron como la habían
arrastrado a ella de su casa de Zeitún, en aquélla montaña
que nunca volvió a ver. La Metzma lloró. Todos lloraron. Aunque
la Metzma lloró distinto. Lloraba de bronca porque el sultán
se había enojado otra vez después de tanto tiempo. Y porque sabía
que pasarían años, y que ella ya no estaría no estarían
sus hijos, ni sus nietas, pero el Sultán sí, y algún día,
un día cualquiera como ese enojaría una vez más. Lloraba
de odio. Lloraba las tumbas que había cavado en el desierto. Y el dolor
en el cuerpo. Pero no estaba triste ni tenía miedo. Sabía que
Anush era fuerte como ella. Sabía que Anush iba a poder llegar al Líbano.
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